Raul Minchinela - minchinela.com
 
 
Raul Minchinela - minchinela.com   Raul Minchinela - minchinela.com
 
MB- Guinness y martir: el extraño mundo de los récords Guinness
Guinness y mártir

por Raúl Minchinela, récord amstel


En este [Mondo Brutto especial machotes], no podíamos pasar la oportunidad de estudiar la alineación de los hombres que, por su incapacidad para conquistar un número abundante de señoras o por sus limitaciones a la hora de vender la moto -recordemos al Fary, que insiste en que no olvidemos su noche con Ava Gardner- han tenido que ir a donde ningún hombre ha ido antes, y si alguien había ido antes han marchado con más ganas que ellos. Son personas que no han dudado en exprimir sus aptitudes físicas o mentales -los menos- para poder aparecer en los telediarios cuando la jornada está plana y hay que sacar noticias de relleno de donde sea. Cuando los ricos y famosos no quieren aparecer en pantalla hay un grupo de, insisto, machotes dispuestos a invadir nuestros televisores y asaltarnos con las hazañas más patéticas imaginables exprimiendo sus quince minutos de fama y arriesgándose a soportar chistes a costa suya nochevieja tras nochevieja.

Pero ¿Cuál es ese elemento subversivo gracias al cual cualquier individuo con un poco de habilidad y constancia se convierte brevemente en el centro mundial de los telediarios? ¿Cuál es esta verdadera condensación física y real de la democracia?

EL LIBRO GUINNESS DE LOS RECORDS

Pues sí señor. Este tocho de lectura inhumana esconde tras de sí una filosofía inherente al ser humano y antigua como el tiempo: la de llamar la atención. Mientras fuimos jovencitos para consumir nuestra dosis nos bastaba con llamar la atención de nuestra amada madre cuando íbamos sobrados de pilotaje bajo el grito de guerra de  “¡Mira mamá! ¡Sin manos!”, un clásico que levantaba a los padres con un gesto de pánico y arrancaba espontáneas sonrisas al odontólogo más cercano. El tiempo, la edad y las cicatrices en los codos nos llevaban más tarde o más temprano a la serenidad... a nosotros. Pero no a todo el mundo. Y de hecho, en ese irreductible poblado de resistentes está el caldo de cultivo de esa raza que ha pasado con orgullo del “¡mira mamá, sin manos!” a “¡mire, señor Guinness, sin manos!”.

portada de la edicion de 2000De hecho, no faltan los intelectuales de segunda que consideran que los candidatos al Guinness tienen algún tipo de retardo mental por el simple deseo de aparecer en el libro Guinness, basándose en el hecho de que no saben deletrear Kierkegaard –algo al parecer esencial para ser un intelectual de segunda- y de que, en general, consideran que las películas de Godard son una brasa. Incluso el hombre de la calle, sin ser tan quisquilloso, piensa que la cabeza de los pretendientes al Guinness tiene generalmente unos cuantos muelles sueltos por ahí. Pero para entrar en la filosofía del récord, lejos de necesitarse un análisis intelectual, basta con apuntar el detalle de que el nombre Guinness de los récords viene de la célebre cerveza -supongo que ustedes ya van atando cabos-. Se confirma así la célebre teoría del norteamericano Dave Barry, ganador en 1988 del premio Pulitzer al mejor columnista de prensa, que mantiene en sus artículos –se lo juro- la teoría de que las grandes ideas “suelen tener a la cerveza de por medio” hasta el punto de afirmar que “la cerveza, usada correctamente, puede ser una tremenda fuerza para el bien”. En este caso no podemos afirmar radicalmente que fue utilizada para el bien, pero sí podemos confirmar que había cerveza. Pero además desde el principio.

CÓMO EMPEZO TODO

La cosa comenzó con nada menos que un Sir, una cosa que a los británicos les acongoja cantidad pero a nosotros, la verdad, nos deja bastante igual. Era noviembre de 1951, y el elegante, soberbio y un poco pesadito Sir Hugh Beaver (1890-1967) se encontraba cazando junto al río Stanley en el condado de Wexford, allí por el sureste de Irlanda. La puntería no era el punto fuerte de Sir Hugh, que fallaba estrepitosamente en conseguir que las balas que disparaba afanosamente acertaran a esos malditos chorlitos que no dejaban de moverse. Como los compañeros de caza no paraban de reír con el plomo que el señor Beaver estaba disparándole a las nubes, el orgullo del Sir se encendió de inmediato y empezó a jurar y a perjurar que los chorlitos eran los más rápidos de todos los pájaros de caza. El cachondeo fue en aumento y aquella tarde en el castillo Castlebridge todos los invitados fueron castigados a repasar los libros de consulta para saber si eran los chorlitos como especie o el chorlito de Sir Hugh los culpables del regodeo insoportable que se respiraba en la mansión. No hubo suerte y no se pudo discernir si había algún pájaro deportivo más rápido que los chorlitos, en parte debido a la escasez de la bibliografía presente, en parte por el deseo general de largarse a casa y dejar al cargante de Sir Hugh con sus paranoias.

logo guinnessPero el orgullo herido no conoce límites y, pásmense, la discusión continuaba tres años después, esta vez incluyendo al urogallo como candidato aéreo al mach dos. Y como la cosa ya se estaba agotando y Sir Hughes veía que le retiraban la conversación cuando iniciaba sus disquisiciones sobre ornitología, tuvo una brillante idea. Ya que mi discusión no se puede llevar a cabo, ¿por qué no compilar un libro para terminar con todas las discusiones? Ya que he quedado en ridículo ante toda la parroquia, ¿por qué no hacer un libro para que otras personas hagan el ridículo a escala mundial y me ubiquen, por comparación, como una persona cuerda? -Como ven, Sir Hugh era un hombre muy poco rencoroso-.

Con la idea en la cabeza, Sir Hugh se dirigió a la Guinness, empresa en la que ostentaba el cargo de Managing Director (en inglés, director que envejece), y volvió destapar su talento oratorio para insistir e insistir con su verborrea suprahumana hasta que por puro agotamiento le dieron luz verde a su proyecto. De todas formas, había que tener en cuenta que la idea en si no estaba mal: había numerosas discusiones que se llevaban a cabo cada noche en los 81.400 pubs que había en el Reino Unido en la época, y todos ellos –no debemos olvidar este detalle- llenos de borrachos.

Un mes más tarde –septiembre de 1954- la incansable oratoria de Sir Hugh obtenía su recompensa y de esta forma se establece una oficina en Londres, en el nada mítico y no va a empezar ahora 107 de la calle Fleet, que se dedica a trabajar intensamente hasta conseguir completar la primera edición de sólo 198 páginas. Las copias salen de imprenta el 27 de Agosto de 1955 y para navidades ya es número uno en las listas de ventas, dejando nítido un lema que encarnaron, mucho después, los vinilos de los Inhumanos: no nos alejes mucho de la barra.

MAMA, QUIERO SER ARTISTA

Poco a poco el libro Guinness de los récords salió del lumpen de los borrachos y se fue asentando en las estanterías de los individuos extravagantes, que no podían comprender cómo ese hombre capaz de cruzar el continente caminando hacia atrás chupaba tanta cámara.  La chispa saltó en millones de hogares por todo el mundo y se disparó la locura por el Guinness. “Quiero ser  Record Guinness” se convirtió en la excusa mundial a la hora de hacer el gilipollas. Ibas por la calle y te cruzabas a un hombre que avanzaba a cuatro patas, uno que saltaba a la pata coja con un paraguas en la nariz, otro que tiraba de un ford fiesta con los dientes... qué les voy a contar.

A la larga la utilidad práctica del libro de Sir Hugh se fue a tomar viento. Muy bien, en algún momento de nuestras vidas, en el que más vale que no nos hicieran un control de alcoholemia, nos podría interesar cuál es el mamífero de mayor tamaño sobre la tierra o cuál es la estrella conocida más lejana de nuestro planeta. Pero ¿quién en su sano juicio podría estar interesado en saber quién es la persona con mayor resistencia caminando con los codos? Daba igual: era tarea del libro el recoger las acciones límite del mundo que nos rodea, y aceptaron como récord Guinness toda disciplina que no conociera parangón en otro lugar del globo. Fue entonces cuando se puso en funcionamiento la astucia a la hora de salir en pantalla y se comenzaron a reclamar récords siempre y cuando nadie los hubiese realizado antes. De este modo podíamos tener el récord de resistencia bailando charleston, bailando charleston con una calabaza en cada hombro, bailando charleston con un melón en la cabeza, bailando charleston con un melón en la cabeza y el reloj de pulsera colgando de la oreja, bailando charleston con un melón en la cabeza y el reloj de pulsera colgando de la oreja mientras la suegra nos hace cosquillas en la cintura, y bailando charleston con un melón en la cabeza y el reloj de pulsera colgando de la oreja mientras la suegra nos hace cosquillas en la cintura a la vez que Mayra Gómez Kemp completa un puzzle Educa de quinientas piezas. En otras palabras, quien no tiene un récord Guinness es porque no quiere.

HE VISTO LA LUZ

Pero no nos desviemos del tema. ¿Qué es un récord Guinness? ¿Qué significa ser un récord Guinness? ¿Hay un significado metafísico del  Récord Guinness? Hemos hecho un sondeo entre varios especialistas de todo el mundo y no sólo no hemos sacado nada en claro sino que alguno de ellos –el muy pillo- nos ha soplado la cartera. Hemos acudido a insignes videntes y todos nos han señalado como un solo hombre que llamemos regularmente a su teléfono 900. Pero nos hemos acercado a una iglesia y hemos visto la luz. Amigos míos, y atentos a mis palabras, el Libro Guinness de los Récords es el santoral del siglo XX. Un Récord Guinness, un mártir. Baste citar, como sincero homenaje al clarividente Luis Buñuel, la trayectoria de San Simón el Estilita, que se pasó cuarenta y siete años subido a una columna  y lo santificaron por ello; si ahora Simón aguantase ese tiempo subido a un pilón lo nombrarían récord Guinness. De hecho, en su “Simón del Desierto”, Buñuel terminaba la película con Simón disfrutando de un guateque ye-yé, dejándonos claro que el martirio –o el Guinness, que es lo mismo- mola cantidad. Igualmente, el Santo Job tendría el récord de desgracias consecutivas -¿o se creían que las enfermedades no aparecen en el Guinness?- y San Lorenzo tendría el récord de resistencia sobre una parrilla de barbacoa (e incluso viene a colación la célebre jotica oscense que da fe de la chulería de San Lorenzo ante el tormento: “San Lorenzo en la parrilla/ le decía a los judíos:/ ‘dadme la vuelta, cabrones/ que tengo los huevos fríos’ ”).

Un somero repaso a los milagros más peculiares nos mostrará su equivalencia directa con los Guinness:

* Cada veinte de febrero se recuerda la figura de Santa Paula de Avila, una hermosa joven del pueblo de Cardeñosa. La santa, viendose un día perseguida por un mancebo con las hormonas a punto de nieve, se refugió precipitadamente en la Ermita de San Lorenzo y rogó ante el altar para que despareciera su belleza a fin de escapar a las garras de su exhaltado pretendiente. En un suspiro a Santa Paula le crecio una pobladísima barba que le sirvió, cuando el mozalbete entró preguntando por ella,  para escurrir el bulto. Record Guinness de crecimiento capilar facial.

San Vicente Martir* El oscense San Viente Martir fue sometido por Daciano a todo tipo de torturas y vejaciones, que el Santo soportaba como si tal cosa. Le estiraron con el potro, le rasgaron las espaldas, le pasaron por la parrilla y le rociaron las heridas con sal para aliñar un poco el asunto, sin que todo ello sirviera para doblegar su alma. Daciano, que se dio cuenta del tipo de elemento con el que estaba tratando, mandó que el santo fuera introducido en una cama bien blanda y mullida. La comodidad fue el mayor de los tormentos para Vicente, que murió nada más ser acostado. Record Guinness de masoquista quisquilloso.

Se hace evidente entonces que los Guinness de hoy son los santos de ayer, y los santos de ayer son los Guinness de hoy. Así que basta de despreciar a los Guinness y tratar a sus candidatos como locos: el sino de la humanidad ha sido condenar a los iluminados, a los que saben que su vida va a tomar definitivamente el camino de la santidad, y que son capaces de llevar su cuerpo al límite de lo humano para poder alcanzar el destino supremo, que para unos es la existencia en el más allá y para otros aparecer impresos en una esquina de la página 53. Y a ver esos arzobispos, que ya saben que no hay récord de ingestión de marisco, cuándo se ponen al tajo para estar a la altura. Ep, aro, ep, aro.

Otro aspecto que también destaca la equivalencia del récord Guinness con la santidad es el apartado correspondiente a las reliquias. Igual que por todo el mundo se reparten toneladas de esquirlas de la cruz de cristo, restos incorruptos de santos y santas, sagrados cálices que ponen en evidencia la capacidad de búsqueda de los caballeros de la mesa redonda, piedras besadas por la virgen e incluso una pluma de las alas del arcángel san Gabriel –que manda narices-, igualmente los récords Guinness comercializan elementos relativos a su sagrada capacidad sobrehumana, y podemos comprar mechones de la mujer con el pelo más largo del mundo, los zapatos usados del tipo con los pies más olorosos o cartas escritas por la persona más rápida del mundo en la categoría de escribir palabras con un bic cristal. Son ellos, los elegidos, a los que rendimos sentido homenaje a través de sus obras, y a los que recordamos diariamente al abrir el armario en el que hemos guardado los zapatitos esos.

ESTA ES LA VIA DE LA PERFECCION...

A estas alturas no pocos de ustedes, obsesionados por la inmortalidad y con un montón de tiempo libre, han decidido alcanzar el éxtasis del récord Guinness, pero se sienten un poco cohibidos por la idea de iniciar en solitario una aventura aprendiendo los errores habituales por cuenta propia. Afortunadamente, no parten ustedes de cero, y hay un colectivo de récords Guinness que, no contentos con chulearse ante los miembros mas ebrios de su vecindario, se suben las solapas a la hora de dar consejos a futuros aspirantes al Guinness basándose en sus propias experiencias personales. Hemos decidido no hacer oídos sordos y compartir con ustedes estos sabios conocimientos, ya que sabemos que con ello, y un poco de suerte en su falta de equilibrio, vamos a mejorar la especie mediante selección natural.

Steve WoodmoreNuestro interlocutor es un tal Steve Woodmore (al que podemos escribir vía e-mail en la dirección Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesitas tener Javascript activado para poder verla ), que es el hombre que más rápido habla del mundo (637 palabras por minuto, o sea 10.25 palabras por segundo) y que, no es por echarse humos, pero conoce personalmente a un montón de récords Guinness y ha entablado amistad con elementos como el hombre más rápido del mundo hablando al revés, la mujer con más piercings del mundo, el tercer hombre más alto del mundo y otros muchos. Es difícil imaginar el calvario que puede suponer una tertulia de estos cuatro -en la que preveo la insistente participación de los dos primeros- por la cualidad humana gracias a la cual podemos cerrar los ojos pero no podemos cerrar los oídos. Diversión a raudales.

Este grupo de personas, de las que Woodmore (que traducido vendría a ser “más madera”) es portavoz, nos señala que los aspectos esenciales para alcanzar un récord Guinness son tres: habilidad, determinación y concentración. Como para decir esto sólo ha invertido un par de décimas de segundo, no puede evitar la tentación de centrarse punto por punto en cada uno de estos aspectos.

1) Habilidad: en palabras de Woodmore, si no tienes esto, no tienes nada: no puedes coger un récord al azar y tratar de batirlo, sino que tienes que tener algún tipo especial de habilidad. En su caso, y en descendencia directa del propio origen del Guinness, la verborrea.

“De pequeño”, nos cuenta Woodmore, “podía hablar siempre muy rápido y podía seguir y seguir hablando durante cualquier tema durante horas y horas”. Sus amistades, al límite de la capacidad humana, actuaron de la manera más lógica y le evitaban con todo tipo de trucos. “Cuando llegué a la adolescencia la velocidad al hablar fue un gran problema para mi y tuve que aprender a moderarme. Mientras lo hacía, comencé a analizar qué me permitía hablar tan rápido, y cuando lo descubrí supe como ralentizarme pero, lo que es más importante, como incrementar aún más la velocidad.” En plena confesión, Steve nos cuenta que practicó la natación y el tiro con aire comprimido, pero los resultados eran más deprimentes –probablemente por la imposibilidad de hablar bajo el agua y el hecho de que los interlocutores iban armados a las pruebas-. Esos detalles le hicieron decidirse por su verdadero talento y abandonar el discurso hacia las amistades para dirigirlo hacia los jueces del Guinness y en general hacia programas de televisión de relleno estilo Ramón García o Ver para Creer.

2) Determinación: El deseo de obtener el Guinness tiene que ser absoluto, aunque signifique la exclusión de todas las demás cosas, incluyendo minucias como el prestigio personal.

“Durante estos años he conocido muchos aspirantes a Récord Mundial, pero sé quiénes no lo lograrán porque no tienen la voluntad necesaria”- explica Woodmore, que vuelve a abundar modestamente en su caso personal: “cuando yo decidí ser candidato, el récord era de 480 palabras por minuto y yo lograba 475. Me costó casi un año mejorar mi velocidad: todos los días después del trabajo me encerraba en la habitación tres horas al día. Practicaba en casa, en el camino al trabajo, en el camino a casa, en las pausas del trabajo y durante las vacaciones.” En estas condiciones, qué les vamos a contar: “mi vida familiar se resintió, mi vida laboral se resintió –estuve a punto de ser despedido dos veces-... Nada más importaba en mi vida; tenía que batir el récord. No importa cómo me encontrase, si estaba enfermo o borracho, tenía que practicar cada día sin falta. Tras dos años conseguí el récord.”

Si, amigos, perder a la mujer y el trabajo no son nada una vez que conseguimos un récord Guinness, ese éxtasis a veces perpetuo y a veces no tanto, porque en palabras de Woodmore “tres semanas después una mujer me quitó el récord”.

Vale, es cierto, dos años después lo recuperó tras otro esfuerzo idéntico al anterior, pero la cara en el momento de enterarse debió de ser increíble. Dos años enloquecido por ser el tipo que habla más rápido y acaba como el hombre del anuncio aquel que tras divorcio y casino sólo le quedaba el coche.

3) Concentración: más allá de esa farsa que tenemos todos en época de exámenes, el tío Woodmore domina una disciplina de cuidado: “Puedo inducirme en una especie de trance, de autohipnosis, en la que tengo solamente una cosa en mi cerebro. Durante este tiempo todo lo demás que me rodea me es totalmente indiferente”. A su esposa Donna le cabrea sobremanera esta capacidad de Steve de desconectar del mundo cuando –citamos textualmente- “estoy leyendo un libro, viendo la televisión o jugando con mi PC”, ejemplos en los que vemos que no están incluidas otras actividades como fregar los platos, planchar la ropa o vaciar los ceniceros. El señor Woodmore destaca que a veces está tan concentrado que se olvida totalmente incluso de respirar, un detalle que nos da esperanzas para el futuro. Para salir de este trance Woodmore dice necesitar “una sensación exterior de dolor, como un pellizco o una palmada” que le reconecta con el mundo próximo, particularmente con su esposa, que es la que le acaba de cruzar la cara de una hostia tras llamarle por su nombre delante de sus narices un número no menor de veintisiete veces. Woodmore ve esta capacidad de concentración como una ventaja, mientras que la Dirección General de Tráfico –recordemos que practicaba cuando acudía al trabajo y a casa- lo ve como un motivo de muy poco peso para justificar el haberse estampado con el Seat 131 Supermirafiori contra el tablero luminoso de la rotonda.

UNA PERSONA NORMAL, NORMAL, NORMAL...

En estos momentos no pocos de ustedes, que consideran que sus habilidades no son nada especial, piensan que ya no pueden acceder al Guinness. Es cierto, no todo el mundo puede ser como Kim Goodman, una fistra de mucho cuidado capaz de sacarse los ojos hasta que sobresalen 11 milímetros de la cara, curiosidad con la que logra hacer gritar a todos los públicos de televisión que la han visto como invitada, o como Michel Lotito, que puede tragarse trozos grandes de metal o cristal del mismo modo que ustedes y yo devoramos pastelitos Pantera Rosa. Pero no se me desanimen, hombre. En los artículos introductorios del libro Guinness también nos dan pistas para conseguir un récord sin tener una habilidad particular, como por ejemplo –y cito textualmente- “puede usted ser parte de la clase de aerobic más grande del mundo”, o participar en cualquier otro tipo de récord colectivo. Estas actividades van en contra de la tesis básica del Guinness “quiero llamar la atención, y tiene que aparecer mi nombre”, pero puede estar bien para casos desesperados. Yo, puestos a elegir, prefiero estar en la clase más grande del mundo de personas que NO hacen aerobic. El propio Guinness nos señala algunos eventos para que tomemos nota, como por ejemplo la conga más larga del mundo (3.770 personas), la fiesta de cumpleaños más populosa (una farra para 35.000 invitados en honor del bigotudo Coronel que da nombre a las ensaladas de coliflor del Kentucky Fried Chicken, que gozó de un catering que suponemos bastante centrado en el sector avícola) o el mayor número de personas bailando imitando a una gallina, que reunió a  72.000 interfectos haciendo el ridículo más espantoso. En esta última tendencia, la gente que en España se dedica a “bailar country” con un sombrero vaquero de fieltro y una camisa con pedrería sobre un tablao made in “Manos a la Obra”  -no se si han visto el bochornoso espectáculo que esto supone- deja el baile del pollo a la altura en elegancia de los vals austríacos de año nuevo.

coleccion de guinnessOtra posibilidad es comenzar una colección, un campo en el que las posibilidades son infinitas. Y es cierto que puede usted tener muchos competidores si intenta la mayor colección de llaveros del mundo, o la mayor colección de sellos. El Guinness indica que la originalidad puede ser crucial a la hora de obtener el récord, y señalan como cosas curiosas –qué ingenuos- colecciones de esposas, de trampas para ratón, de cortadoras de césped y de bolsas de vómito para aviones. Amigos, en la categoría de lo raro esto está en segundo de primaria: puestos a ponerse original basta con acercarse al todo a cien más cercano o a cualquier bar de carretera para que el número de adversarios se reduzca radicalmente. Limitándonos a los souvenirs de comarcal, puede usted tener la mayor colección del mundo de botellas con la efigie del generalísimo o la mayor colección de merchandising con los cerdos que llevan camisetas de equipos de fútbol y que se abrazan de manera sospechosa junto al epígrafe “perdiendo o ganando/ siempre os seguiremos dando”, por citar los más conocidos.

Finalmente, los señores del Guinness nos dirigen hacia el mundo de la creación, dando como referencia grandes logros humanos como los pantalones más grandes del mundo o la cadena de clips más larga del planeta. Esta es sin duda la opción con mayor atractivo para los inquietos bruttos mecánicos. Desde estas líneas propongo, por ejemplo, una réplica de Raphael realizada con tubos de cartón de los rollos Scottex, o un busto del gordito de Los Morancos construido con frostis de kellogs. No faltarán los que se quieran dar de listos y a todo esto lo llamen arte contemporáneo. Siendo sinceros, ¿qué prefieren, un récord Guinness o tener que aguantar las teorías de un crítico con gafas de pasta? Si al menos pagara él las copas...

Con todo, dudo  que logren superar la capacidad de empecinamiento de Ashrita Furman, que tiene en su haber la escalofriante cifra de cuarenta y siete récords simultáneos. Cuarenta y ocho, si se establece el récord de cabezonería (“yo este récord lo bato por mis narices”).

ES-PA-ÑA, ES-PA-ÑA

Un somero repaso sobre el perfil del candidato nacional al Guinness nos ofrece un aliento castizo y garbancero que los extranjeros no aprecian ni pueden sintetizar. El récord Guinness nacional, basta con una ojeada a los informativos en tiempo estival, se dirige esencialmente hacia el sector gastronómico, con disciplinas como la paella más grande del mundo –para horror de la población de Villabajo, famosa por su escasa habilidad con el estropajo-, el bocadillo de mayores dimensiones –siempre troceado a posteriori y repartido entre locales y forasteros como atracción de la fiesta mayor- y la loncha de jamón serrano de mayores dimensiones, actividad consistente en tratar la pierna curada con un bisturí que va y vuelve permanentemente pese al instinto natural de hincarle el diente cuanto antes.

manuel camin artigas, el mas besadoEl otro sector básico de la aportación patria al Guinness tiene las bases bien asentadas en la picaresca nacional. Como perfecto ejemplo para ilustrarlo acudimos a “El Chiringuito”, un célebre bar  que se encuentra en la ciudad de Zaragoza –más exactamente en la bien conocida zona de San Miguel-, cuyo dueño ostenta el récord de ser besado por seres humanos del sexo femenino. Cuando entra una clienta cuya cara no le suena, al camarero le falta tiempo para sacar el papel en el que han de firmar las participantes con objeto de dar fe del hecho y para lucir su lustrosa mejilla, en la que han dejado restos las más prestigiosas marcas de cosméticos y los implantes de silicona más llamativos. Si alguna de las lectoras bruttas acude para colaborar en ese récord tan particular, que no se asuste si en algún momento el receptor del beso hace un gesto extraño con unas tijeras que se saca del bolsillo; es que también ostenta el récord con su colección de mechones de pelo femenino, algunos de ellos cortados a traición. Ambas colecciones, digamos la verdad, son perfectas para desempolvarlas ante las amistades con la camisa enseñando pelo y medallita mientras mareamos la copa de soberano (“yo tengo el record de besos, macho; supera eso”). La picaresca, la maña, ese instinto Juanito Navarro de echar un pescozón a la jamona más cercana, ha sido y será un motor esencial de los récords nacionales.

RÉCORDS EJEMPLARES

Como hemos dicho, la lectura del Libro Guinness tiene una capacidad de disfrute sólo comparable al análisis sintáctico de la guía telefónica. En otras palabras, es un peñazo de cualidades atómicas. El Guinness es un catálogo, un registro, en el que no se permiten las transcripciones de los pensamientos de los protagonistas, en parte para mantener el glamour del récord Guinness, en parte porque seleccionar entre tan excelente material como el mostrado anteriormente es complejo a la hora de ser condensado en un solo párrafo. Así pues, como nuestra rapidez con el vídeo no es lo suficientemente ágil para grabar las entrevistas con los aspirantes en los minutos de la basura de los telediarios, hemos acudido a la internet. En ella hay todo un dominio dedicado a los que han batido algún récord (http://www.recordholders.org) y en cuyas páginas los exitosos poseedores de récords se dedican sistemáticamente al autobombo casposo. Pero no todo son friquis mirándose el ombligo.

Como no podía ser menos, en la red internet hay un buen número de servidores realizados por aficionados al libro Guinness (igual que hay personas que disfrutan con Alfonso Ussia, hay aficionados al Guinness) que enumeran los récords que consideran más asombrosos. Algunos de ellos se han centrado en aspectos que no aparecen –o no los hemos encontrado, que ya son ganas ponerse a leerlo entero- en la edición española. Tal vez no sean ciertos -aunque apostamos a que sí- pero reflejan estupendamente el espíritu competitivo, de superación y de disfunción siquiátrica que representan los candidatos a aparecer en el catálogo de los excesos. O más bien de los defectos. Ojo al parche:

Uno de esos fistros a los que tenemos pocas ganas de conocer es al Señor Andy Schwartz, de Glen Ridge, Nueva Jersey, que reclamó su récord en 1989. En declaración jurada, su esposa confesó que Andy había llevado los mismos calcetines durante veinte años y 114 días para desesperación de los responsables de Punto Blanco. Aparte del juramento de la esposa, ayudó a respaldar la candidatura el hecho de que en 1983 las zapaterías del estado de Nueva Jersey cometieran la injusticia de prohibir al bueno de Andy el entrar en sus establecimientos. Andy vende por correo los zapatos que ha ido usando y tenía planeado – ni nos planteamos acercarnos al evento- quitarse los calcetines y echar un vistazo a sus pies en 1999.

Otro caso de récord a tener en cuenta es el correspondiente a la tenia o solitaria que se desarrolló en el estómago de Sally Mae Wallace, de Mississipi, a la que se le extrajo un ejemplar de solitaria –ya sabéis, esos parásitos que se pegan en tu intestino y que se tragan lo que digieres- de 11 metros y 30 centímetros (continuos). Os podéis imaginar lo que pasaba por la cabeza de Sally en el momento de la extracción: “ Después de los 6 metros” -declaró-, “sabía que tenía el récord y estaba rebosante de felicidad”.

Dentro de este catálogo de personas normales nos encontramos a Florence Floss de Ban (Idaho), que es ese perfil ligeramente asimétrico que ves acercarse por la playa. Florence tiene el récord de longitud de pelo en el sobaco, que en 1992 el ubicado en la axila izquierda ya le medía 86 cm, y esperaba llegar al metro al final de siglo. Florence se depila el vello de la axila derecha, por motivos insondables. Por razones estéticas digo yo que no será.
 
Entre los coleccionistas hará furor la afición de Florence Franklin, de Peoría (Illinois), que tiene en su colección más de 90 kilos de callos, o sea, de esos cúmulos de piel endurecida que personas descuidadas como nosotros tiramos a la basura tras extraerlas, en lugar de regalárselos a Florence o dejar que nos los extraiga con sus propias manos. “Yo misma se las arranco a las personas”, nos dice. “No les importa. Incluso algunas de las grandes las tengo autografiadas por los propietarios”. Excelente imagen para una biografía, firmando tu callo recién extraído. Sí señor.  

Los criadores de animales que gustan de darle lo mejor a sus campeones pueden tomar ejemplo de Rita Carlson, una habitante de Pasadena, California, que crió la que es conocida como la cucaracha más grande del mundo, con más de treinta centímetros de longitud y un kilogramo de peso. “Muchas proteínas y vitaminas naturales han hecho de esta cucaracha un campeón”, comentaba orgullosa; “deberíais haberla visto cuando la encontré en la cocina”. Ni me la imagino encontrándola ahora, la verdad. Otra aficionada a estos mismos animales, Sheila Biderman, es famosa por ser la propietaria de Lassie, la cucaracha más vieja del mundo, pero está algo menos apegada a su mascota: “Es una más de la familia. Si llega a ser tan vieja que no pueda moverse a por comida puedes apostar a que haré lo más humano” -dice- “y la pisaré, con récord o sin récord”.  

Un perfecto candidato para la serie de televisión “oficios perdidos” sería cierto berlinés llamado Hans Kleiber, que se las arregló para meterse por la nariz 6 kilos de queso Limburguer en menos de un minuto, una marca nada despreciable, dado que el competidor más cercano se introdujo cuatro kilos y fue poco honrosamente descalificado. Por desgracia, nadie guarda una imagen del pañuelo de Hans en los días posteriores al récord.

Pero no todos los campeones Guinness son tan lejanos al pensamiento general, y pasamos a relatar hazañas que nos aventuraríamos a citar como de interés general y que en cierta medida representan el origen –ya relatado- de el libro Guinness de los récords. Diríamos a las personas sensibles que abandonaran la lectura en este punto, pero ésas han abandonado la revista en la página tres. (Si, claro, ahora disimulad.)

Sin ánimo de desmoralizar a aquellos que tras evacuar gustosamente han mirado largo rato el regalo dejado en la taza, nos vemos en la obligación de abrir el fuego en estos récords escatológicos con el truño más grande del que se tiene conocimiento, llegado a este mundo a través de un norteamericano sin identificar que lo estuvo soltando durante 2 horas y doce minutos y que tuvo una medida de –ojo al dato- 3 metros y 70 centímetros. El colega tiene prohibido el acceso a 134 lavabos de su estado. Por otra parte, el más grueso –que nació de otro propietario- tenía un diametro casi constante de 11´5 centímetros a lo largo de sus 22 centímetros de longitud y actualmente se encuentra convenientemente conservado en alcohol. Otro aparato digestivo a tener en cuenta es el del londinense Bernard Clemens, que ni corto ni perezoso soltó una ventosidad que sostuvo durante un tiempo cronometrado oficialmente de 2 minutos y 42 segundos.

También dentro de este conjunto de concursos intelectuales destacamos al inglés Carl Chadwick, natural de la pintoresca población de Rugby, que en julio de 1987 se reventó un grano y consiguió que un visible cúmulo de pus amarilla –no estoy inventándome nada- volara hasta alcanzar una distancia de 2 metros y 16 centímetros. El récord en este tipo de prueba, pero realizada con semen, lo consiguió un tal Horst Schultz que tiene tanto el record de distancia (5´71 m), como el de altura (3´76 m) y el de velocidad de eyección (68,7 Km/h), dejando a la altura del barro a nuestro hasta ahora admirado actor porno Peter North.

No podemos abandonar este apartado sensible sin contar con la alucinante visión de Linda “mamá, no encuentro mi pelota” Manning, residente en Los Ángeles, que podía, sin preparación, introducir completamente en su vagina un balón de futbol americano.

Y retomamos los récords corrientes y molientes a tiempo para terminar  nuestro recorrido mientras visitamos deprisa y corriendo Kildare (Montana), un pueblo en el que, tal y como certificaron los doctores asistentes, la totalidad de la población sufría una enfermedad de la piel causada por los ácaros que infestaban la localidad. “Los ácaros parecían saltar de una persona a otra”, dijo el alcalde de Kildare, que decidió tomar medidas expeditivas: “así que decidimos unirnos e ir a por el record”. Y es el pueblo entero el que ostenta el récord. Olé.

*

Raúl Minchinela (27) ostenta el récord (no homologado) de tiempo invertido
en la silla de su casa bebiendo Cacaolat, fumando Drum y repasando Contracultura el webzine:

 
Siguiente >
 
     
Raul Minchinela - minchinela.com   Raul Minchinela - minchinela.com