El papa Benedicto XVI ha decidido enviar mensajes de texto a los móviles de los jóvenes católicos que se congregarán el próximo mes de julio en Sidney durante el DÃa Mundial de la Juventud.
Una cosa es la tecnologÃa y otra es el tecnologismo. La blogosfera está fascinada por la tecnologÃa. Reseñas y más reseñas de lo último, lo más. Productos comerciales que condensan el eslogan “el futuo ya está aquÔ.
La pasión por la tecnologÃa es más bien una pasión por lo que viene, que en realidad es -en la mayorÃa de los casos- una reformulación de lo que ya tenemos. Es un equivalente de algo que ya existe, pero que suena a moderno: es lo que los lingüistas llaman un neologismo. Eso es el tecnologismo. Una situación que está a la orden del dÃa.
La cuestión es que, igual que la ciencia ficción ha construido el steampunk (que imagina una ciencia espacial que, en lugar de desarrollarse a partir de la electricidad, se ha articulado a partir de la máquina de vapor), deberÃa haber una construcción de ficción articulada en esos tiempos oscuros. Si la máquina de vapor fue un origen, abandonado para construir el futuro, que ha sido recuperado por la ficción, la Europa bajo timón del fascio es otro origen abandonado -para misterio de los que hemos venido detrás, y para desazón de los que la vivieron y no han tenido respuestas a sus preguntas- del que se puede construir ficción.
Con todo eso en la cabeza, miren el trailer de esta pelÃcula italiana que condensa lo anterior, reformulado, eso sÃ, en la habitual sal gorda de la comedia italina: “Fascistas en Marte”.
Un producto que el cine actual no genera porque… no se puede vender a Estados Unidos, ni como pelÃcula ni como derechos. ¿A alguien se le ocurre otro motivo?
Un humano y dos robots recortados en una fila de butacas se dedican a comentar hasta el ridÃculo pelÃculas de serie B y de serie Z, señalando que la persecución es un poco triste porque el protagonista huye usando los intermitentes, o insultando a la protagonista que lleva diez minutos de reloj intentando hipnotizar al aventurero de turno.
La noticia más leÃda hoy en elpais.es habla de que
una empresa estadounidense que ha anunciado su último producto, que se encuentra ya en fase de producción, y que aparecerá en el mercado en octubre: un automóvil con aspecto de platillo volante que tiene la capacidad de volar. Redondo, dotado de ocho propulsores y capaz de levantarse verticalmente sin tomar impulso. ¿Futuro, ciencia ficción? No, presente.
De inmediato he visto una ciudad en la que prosperen los coches voladores. Con ese despegar tambaleante que muestra el vÃdeo que incluye la página. Con esa caracterÃstica responsabilidad de los conductores que lleva a centenares de cadáveres al año. Con la habitual generosidad y comprensión del urbanita que circula. Y sobre todo, con la expansión en vertical de la circulación.
El resultado: se lo digo ya mismo. Si de normal cuando quitas las lineas de carril la gente ya va a su bola y atropella por los arcenes, en un aire sin marcas va a ser el caos. Y por caos entiendo a un gilipollas con tres copas y con infulas de Fernando Alonso que nos entra en el salón reventando las ventanas y volando todo lo que vea del ikea.
Si, amigos, por las calles, cientos de peatones sufrirán naves que aterrizarán de cualquier manera o que se les echarán encima porque “no te he visto”, y los amigos de lo ajeno descubrirán que la vertical es una gran idea para entrar en las casas de los demás.
Tras el rastro de cadáveres, ya les aviso: el verdadero negocio de los coches voladores van a ser las verjas en las ventanas.
Salgan a la calle y miren hacia arriba. Todas esas fachadas con cristal a la vista tendrán que ser valladas como las plantas de siquiatrÃa de los hospitales. Mientras los helicópteros que se acercaban en exceso impactaban con las aspas y se iban al desastre, estos nuevos coches van a inaugurar una nueva era del robo por balcón y del alunizaje de salón. Sin testigos, porque todos estaremos demasiado liados evitando los otros enloquecidos coches voladores. Empiezan a venderlo en octubre. Atentos al desastre.