Noches de BV-80
Martes, 7 de Septiembre de 2010

Ustedes ya saben de mi pasión por lo celtibérico, por lo de aquÃ. Es un interés que me han construido por oposición: lo español es sistemáticamente despreciado (y en consecuencia ignorado) por los propios españoles. El dibujo que nos hacen (nos hacemos) los medios es muy representativo: si hay un informe de varias páginas sobre twitter o facebook, se centra en usuarios extranjeros. Los españoles no salen por ningún lado. Igualmente, no hay retratos de la calle. Rtve emitÃa recientemente una crónica de la transición en la que todo el mundo estaba de acuerdo y las vÃas principales eran las vÃas únicas. La calle española es un problema, un silencio. No pasa nada. Circulen. Esto ha sido asÃ, y sigue asÃ.
En consecuencia, he disfrutado con la lectura de Noches de BV-80, de Valtueña. Un tochaco de mil y pico páginas que narra la Zaragoza subterránea, la del teatro improvisado y los grupos de rock incipientes y los chavales de sexo, drogas y volumen alto. Lo hace desde la barra de un bar del que se sale para ir de putas, ser atracado a punta de navaja y comprar discos, que empezaban a aparecer las tiendas. Si fuera Nueva York, estarÃan todos babeando. Pero habla de aquÃ, les explica a ustedes. Le da marco al contexto en el que estamos, que creemos que ha caÃdo del cielo.
El privilegio del BV80 es que fue un vórtice. Mientras en otras ciudades los punks iban por su lado y los jevis por su otro y los pintores por allá y los poetas por el suyo, en Zaragoza entre 1981 y 1983 todos pasaban por ese lugar, porque no habÃa otro. Allà tenÃas performances y guitarreros y recitados y cante jondo, con los consiguientes conflictos entre tipologÃas de público, porque les recuerdo que en los ochenta las diferencias de tribu se resolvÃan a palos. La historia del BV-80 puede ser la historia canon de la Transición subterránea porque no separa ni encapsula: están todos en el mismo lugar, los conflictos y las relaciones están a la vista. El bar, ese bar, es el modelo a escala de todas las calles en la máxima efervescencia.
Mil páginas dan para mucho, y por ahà verán a mucha gente que les sonará. Aparece Sabina, y Krahe, y Loquillo, y Miguel RÃos, y Manolo GarcÃa, todos como actores secundarios, como cameos insignificantes, en una historia que tiene el centro en otro lado, en ese lugar que nunca aparece en los documentales. Que explica lo que luego, en los estudios, se reconstruye teorizando.
La cultura de la ciudad se propaga en los bares, y se revela donde solo habÃa uno. Allà tocó por primera vez un quinceañero colegial que serÃa Enrique Bunbury, allà pululaba el malogrado Mauricio Aznar, hacÃa la suya La Polla Records. Allà meaba a la concurrencia Dionisio Sánchez, epataba el Grifo invadiendo de Guardia Civiles. Allà pasaba todo, en un imprevisto diario, que es el ideal de la vida urbana fuera de programa.
Asà que ahà les dirijo, a ese Juan Valdivia que no se atrevÃa a tocar, a ese Félix Romeo que mareaba con su tumulto de tertulianos, a ese Alfredo Saez que entró en la espiral que desembocó en el Butoh y el Premio Nacional, a esos estudiantes de medicina que se iban de marcha armados con navaja, a los gitanos que asaltaban la caja empuñando recortada, a los quinquis (“payos agitanados”, los define) que lo mismo eran el mal que eran lo peor. Querrán entrar buscando nombres, que es lo que tienen ustedes por costumbre, y encontrarán la locura coral, metropolitana, donde se cruzaban los delincuentes y los polÃticos y los estetas. Donde todos son tan protagonistas como secundarios.
Procuraré presentarles algunos extractos en este rincón, como este tomado de la pág 210:
En el 68, Alfonso pertenecÃa a Los Cheyenes, primera tribu urbana de Zaragoza, más broncas que The Warriors. Fueron detenidos en su guarida durante un guateque (donde cobraban entrada) el cabecilla, diecisiete de sus rockeros y veintidós “tontitas” de entre catorce y diecinueve años, hijas de la alta burguesÃa.
Lo que más llamó la atención fue descubrir el sistema de sorteo empleado para ver cuál se tiraba cada quien. Las nenas, gustosas, se quitaban las braguitas nada más entrar, metiéndolas en un cesto. Sólo era cuestión de cerrar los ojos y escarbar.
Eso era en los sesenta. En los ochenta llegó la locura. Esa es la historia que polariza el BV-80.
Lo publica Libros del Innombrable.

Bola extra: el blog sobre el BV-80.




lectura apuntada.
Comentario de Jordi M. Novas — Septiembre 7, 2010 @ 11:45 pm
Vaya, Raúl, esto parece muy interesante, tomo nota.
Comentario de C. Rancio — Septiembre 8, 2010 @ 12:39 pm
[...] en el Blog: El vórtice de la Transición subterránea – http://minchinela.com/blog/2010/09/07/noches-de-bv-80/ Wed Sep 8 12:49:25 2010 via [...]
Pingback de No Recomendable » Twitter raulsensato en 2010 — Octubre 6, 2010 @ 11:17 am
[...] En el ejemplar de hoy del suplemento Culturas de La Vanguardia, publico un texto sobre el libro Noches de BV80, relato del bar nuclear que aglutinó todas las tribus urbanas y toda la cultura no oficial en la zaragoza de los primeros ochenta. Ya hablé del texto en este rincón. [...]
Pingback de No Recomendable » Vórtices urbanos en el Culturas — Julio 27, 2011 @ 10:45 am
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