«El superhéroe es un símbolo, un icono, que ha sobrevivido desde su creación hasta nuestros días. Que es un símbolo, está claro. Lo que no está tan claro es de qué es un símbolo.»
La respuesta la tienen en el vídeo que encontrarán pulsando la imagen:
No sé si se han dado cuenta, pero en España hay dos décadas que no existen. Si ven un audiovisual de la historia de España, se pasa directamente de la posguerra-estraperlo a la juventud yeyé de los guateques. Veinte años son muchos para eliminar de forma tan sistemática. Es como si de los chavales de falange saltáramos a la complaciente generación x de los videojuegos, ignorando a los contestatarios, los rojos, «la revancha»-que es como se conocía «la Transición» entre los españoles más conservadores-, los rockeros, los yonquis, las pandas al rebufo de El Vaquilla, y las vallas que protegen las farmacias de guardia.
Cada cosa que descubro sobre los años ignorados me crea más y más sorpresa. Un ejemplo: los hombres tenían que vestir con camisas con bolsillo en el pecho. No llevar bolsillo en el pecho era un delito, al menos en Zaragoza (¿Por qué? ¿Alguien lo sabe? Respondan en los comentarios).
La cuestión es que, igual que la ciencia ficción ha construido el steampunk (que imagina una ciencia espacial que, en lugar de desarrollarse a partir de la electricidad, se ha articulado a partir de la máquina de vapor), debería haber una construcción de ficción articulada en esos tiempos oscuros. Si la máquina de vapor fue un origen, abandonado para construir el futuro, que ha sido recuperado por la ficción, la Europa bajo timón del fascio es otro origen abandonado -para misterio de los que hemos venido detrás, y para desazón de los que la vivieron y no han tenido respuestas a sus preguntas- del que se puede construir ficción.
Con todo eso en la cabeza, miren el trailer de esta película italiana que condensa lo anterior, reformulado, eso sí, en la habitual sal gorda de la comedia italina: «Fascistas en Marte».
Un producto que el cine actual no genera porque… no se puede vender a Estados Unidos, ni como película ni como derechos. ¿A alguien se le ocurre otro motivo?
El gran capitán Absence me instó a que me sumergiera en la lectura de «El Martillo Cósmico» de Robert Anton Wilson (en adelante, RAW). Es un trayecto por lo desconocido guiados por un escéptico con poco o ningún interés en embaucar al lector. Eso es lo que hace el libro no sólo soportable, sino muy entretenido. Y por eso lo verán poco en los escaparates de las tiendas que quieren venderles piedras limpiadoras de aura.
RAW es un tipo muy lúcido, o esa es la conclusión que saqué después de ver su conferencia en los extras de la edición DVD de la serie Disinformation. (Y ahora los tebeos de la Marvel han tomado como propia la idea de los Illuminati, «los jefes del mundo en la sombra», así que dentro de treinta años la verán en sus cines). Y hace el doble juego de la creencia y la descreencia, del arrebato místico y la burla abierta, del que nada y guarda la ropa y hace unas cuantas aguadillas en el chapuzón.
De lo que llevo de libro, se me ha pegado a la cabeza su disquisición sobre el LSD. Condensado en una frase, Wilson dice que el Ácido Lisérgico pone en disposición para «regrabar» el sistema nervioso: «El LSD con la disposición y las circunstancias adecuadas puede cambiar cualquier cosa que consideramos parte de nosotros».
Para ilustrar esa imagen, habla de las personas que desarrollaron paranoias permanentes porque los arrestaron en pleno viaje, pero sobre todo se remite a un estudio revelador:
«Leary aplicó esta técnica [LSD condicionado] con presidiarios en un proyecto de reinserción, y sostenía haber reducido el porcentaje de reincidentes en un 80%. Leary había definido el éxito o el fracaso en función de dónde se encontrasen físicamente los cuerpos dos años después de salir de la prisión. En ese momento, observó con satisfacción que el 80% estaba fuera de la cárcel, cuando lo normal es que, en dos años, la mayoría de los que habían salido volvieran a ingresar. El doctor Walter Huston Clark, en 1976, observó que los cuerpos de la mayoría de los condenados que había conocido seguían físicamente fuera de la institución penitenciaria después de 15 años«.
Como ven, Leary, RAW y Clark dan pie a plantearse la reinserción química.
Este párrafo es particularmente apropiado hoy, cuando las televisiones bombardean insistentemente que a los violadores no hay que dejarlos salir de la cárcel cuando han cumplido su condena.
Es tremendamente inquietante porque este bombardeo televisivo
a) se resiste al concepto del castigo social -hay un castigo por comportarse mal, y tras ello hay una segunda oportunidad-
b) se resiste al concepto de la reinserción -que es la base del sistema penitenciario: si no, sólo se tendrían cámaras de gas-, y
c) porque reparte por las ondas una abogacía parda que, a la larga, lleva al linchamiento -santificado como «justicia espontánea»-.
El concepto de la reescritura mental es tan llamativo como peligroso. Vean este otro ejemplo de RAW:
«El doctor Richard Alpert utilizó este mismo método [LSD condicionado] para tratar a un homosexual que deseaba tener relaciones con mujeres […] Dos sesiones con a) pornografía y b) una terapeuta sexual sirvieron para grabar una nueva realidad: el hombre se volvió prácticamente heterosexual«.
A la vista de lo anterior, se pueden hacer escenarios ficticios:
¿Defendería la iglesia el uso del LSD para «enderezar a los homosexuales»? (no, porque requiere una voluntad del individuo; si es reprimido durante el viaje, como hemos dicho, desarrolla una paranoia)
¿Defendería el ciudadano la reescritura del delincuente peligroso? (no, porque al ciudadano de a pie lo que le gusta es linchar)
¿Serviría el LSD para lograr que los chavales que no estudian desarrollen una pasión por la física y las matemáticas? Probablemente. Y esta es la parte más atractiva para los espectadores neutrales, que ni creen en olimpos ni creen en el calentón como justicia.
El uso, la existencia, de la química mental es tan mareante como el propio viaje. Pero da una gran lección, de los malos viajes: las malas compañías se pagan de por vida. Elijan bien a sus compañeros de viaje. Aléjense de las fuerzas del orden. Y quítense esa pasión por linchar.
Las citas de «El Martillo Cósmico I»
vienen de las páginas 81 a 83
de la edición de Palmyra (2006)
La portada esconde un mensaje, con retraso, para la sociedad de editores
La primera entrada de este blog en 2007 reunía (no físicamente) a los responsables de Malavida y al espectacular cantautor Manolo kabezabolo. Y diez meses despues, aquí tienen otro con los mismos protagonistas. Prometo que ha sido casual.
Por una parte: cuando les narraba mi experiencia en el concierto de Manolo Kabezabolo, echaba de menos no poder compartir ejemplos de la especialidad del autor: cambiar las letras de canciones conocidas. Les hice un par de transcripciones, pero, claro, era un poco pobre. Pero Manolo sabe lo que más nos gusta de él, y ha sacado al mercado un disco que recopila exclusivamente sus versiones. Se titula Aversiones, y RockArmy lo comparte aquí.
(Si son gente con prisa, acudan directamente a los cortes «Narco», «Nino Gramo» y «De Verde». Lamentablemente no está la chica ye-ye: «Ey, José María Aznar, ye-ye, yo no te fui a votar, ye-ye-ye-ye…». Y más tristemente aún, no han tenido valor de ponerlas a capella, que es como las interpreta en el cierre de los conciertos, y como mejor le quedan…)
Curiosamente, a ambos los conozco de la misma época. En 1996 le hice una entrevista a Manolo Cabezabolo, tirados por el suelo, de madrugada. En los mismos días, dibujaba páginas (malas) para la primera encarnación de Malavida. Hay un vínculo ahí. Musiquen las fotos con el disco. Kabezabolo es la música zeleshtial para las santas imagenes malavideras. Tengan fe.
Es difícil a fecha de hoy recordar lo que significó Akira en el mundo de los tebeos. Fue la gota que colmó el vaso, el último empujón que acabó por derribar los diques. Casi, él solo dio pie a la invasión del manga japonés en todo el mundo. Y es un tebeo bueno del copón.
El blog Bibliotech lo comparte íntegro en este rincón. Lo hermoso de la lectura digital es que no asusta el número de páginas. El grosor de los lomos de Akira asusta al más valiente, pero se lee en un suspiro. Te agarra por las solapas, te monta en una moto que vuela a toda hostia y, para cuando te quieres enterar, Neo-Tokio ha cambiado mucho, mucho.
Hay pocas cosas que se lean tan rápido y tan bien. Una obra maestra. Aquí mismo.
La actualidad, con décadas de retraso (con perdón):
Adolfo Suárez entrevistado en 1980. Como dice las cosas como eran, la entrevista tarda casi treinta años en aparecer impresa. Un extracto:
Algunos periodistas me preguntan sobre un tema político para tratar de convencerme de sus posturas. Entonces les digo: ¿Ustedes, qué quieren: saber mi opinión o convencerme de la suya?… Porque si vienen a hacerme una entrevista, les interesará conocer mi criterio, supongo. Y tendrían que escucharlo libre de prejuicios. Después, ustedes lo estudian, se informan y, si no les gusta, lo critican… Después, todo lo que ustedes quieran.
Pero sólo se tienen presentes a ellos mismos. Escriben para ellos mismos… Los comentarios políticos suelen ser mensajes que no entiende casi nadie. De ahí que la prensa tenga cada vez menos lectores. De ahí que los políticos estén cada día más separados del pueblo… Porque han acabado todos cociéndose en la gran cloaca madrileña… Y molesta mucho que yo hable de una gran cloaca madrileña. ¡Pero es verdad! No existe la preocupación de sobrevolar por encima. Nadie intenta hacer una crítica objetiva de las actuaciones políticas, con independencia del partido que realiza la acción.
La prensa persigue intereses concretos —políticos o personales del político que le informa—. Defiende las conveniencias de alguien que instrumentaliza a ese periodista. Y los periodistas se han convertido en correas de transmisión de los intereses de grupos determinados.
La cita la levantó Escolar, al que deseamos lo mejor para su nuevo periódico Público. La elección de sus colaboradores de entertainment es estelar: Mauro Entrialgo, Bernardo Vergara, Manel Fontdevila, John Tones…
En la enorme y adictiva confusión de la serie de televisión Perdidos (o, como la llamamos por aquí, «los T») hay una película dentro de la película. Como guía difusa dentro del desconcierto, los protagonistas encuentran unos vídeos de orientación de la iniciativa Dharma, que les explica que fue fundada en 1970 y que consiste en un «gran centro comunitario de investigación» en el que se estudia meteorología, psicología, parapsicología, zoología, electromagnetismo y utopía social.
Los vídeos de la iniciativa Dharma tienen una función muy determinada dentro de la ficción de los té. Las proyecciones explican elementos que regulan el comportamiento de los protagonistas -el escenario, el arsenal, la disponibilidad- que hasta ese momento han asimilado de una forma instintiva. Son coordenadas para el caos que en cierta medida conducen a más caos, pero que a la vez apuntan explicaciones coherentes para un mapa mayor.
Las grabaciones del Doctor Repronto recuerdan sospechosamente a las cintas que los té encuentran sobre el funcionamiento de la iniciativa Dharma, y como en ellas, hay un laboratorio cuyo origen y función desconocemos. Eso sí, el sensato portavoz con bata ha sido sustituido por un mad doctor.
La guía del cine para pervertidos que realizó el filósofo esloveno Slavoj Zizek -un personaje que ya ha aparecido en este blog– para la cadena inglesa BBC logra condensar algunos de mis intereses esenciales a la hora de hablar del audiovisual.
El principal: enganchar pese a que el espectador ignore completamente de qué estás hablando.
De nuevo, viene -ya se lo he contado– de cuando leía con placer el fanzine 2000 Maníacos, lleno de artículos que hablaban de películas que nunca vería.
Zizek le da una vuelta más, porque por principio, la película ES lo de menos. Utiliza el audiovisual como ejemplo/cita para hablar de otras cosas. No habla de las películas, de sus argumentos y sus contenidos y sus apuestas formales, sino de lo que defienden, de lo que sostienen, de las vigencias (que es como Ortega y Gasset llamaba a lo que ahora decimos Zeitgeist) en las que se apoyan. Si esas películas no existieran, esas vigencias serían apoyadas por cualesquiera otras (así es el Zeitgeist), y la explicación seguiría existiendo pese a no existir esa cinta determinada.
El documental de Zizek dice en el título tratar sobre cine, pero en realidad habla de las tesis de Zizek sobre la realidad y sobre el sicoanálisis. En el vídeo de abajo verán cómo el esloveno explica las tres figuras del sicoanálisis utilizando Psicosis (los tres pisos de la casa equivalen a esas tres figuras) y los Hermanos Marx (cada hermano encarna una de esas tres figuras). No habla de cine. Usa el cine sólo como cita, como apoyo, para hablar de otras cosas.
Ese ingrediente esencial, lo pretende sintetizar Reflexiones de Repronto. Con todas las limitaciones, y -tal vez- con un temario menos farragoso.