Ayer volví a casa nervioso y sonriente. Hay veces que deseas cosas pequeñas con fuerza, y se cumplen. Son pequeños milagros de andar por casa. Ayer tuve uno de esos. Entre las inmensas estanterías de una conocida librería de segunda mano, se escondía una de esas joyas que crees que nunca tendrás en las manos. Cuando lo ví, cuando lo abrí, cuando lo hojeaba, no daba crédito. Era verdad. Estaba allí.
Eran tres tomos, encuadernados en tapa dura, con el lomo en letras doradas, el estándar del bum de la encuadernación por entregas de los setenta. En los lomos, se leía sólamente «El DDT». En el interior, los números íntegros, del 41 al 80, del 81 al 120, y del 121 al 160. El DDT contra las penas. Del año cincuenta y uno en adelante.
Minutos más tarde, los repasaba sentado en una cafetería. Legítimos Bruguera de los cincuenta, una piedra angular de la historieta española. Los repasaba con un cuidado y un respeto absolutos. Si quieren ver páginas escaneadas, el excelente blog Lady Filstrup las tiene a puñados. El milagro enloquecido era que aparecieran en mis manos, porque estas piezas sólo las manejan los coleccionistas concienzudos. Sin embargo, en un rincón, por sorpresa, ahí estaba el pequeño cáliz. Era arqueología parda. Indiana Jones desempolvando legajos de los mejores años de Cifré, Conti y Peñarroya. Un milagro de andar por casa. Aún tengo la sonrisa en la boca.
Espectacular: LevelHead es un juego interactivo de memoria espacial, creado por el neocelandés Julian Oliver. Los movimentos de un personaje que se mueve dentro de ambientes proyetados en un cubo, que adapta el 3d a la vision proyectiva, son la referencia para el manejo. Vean, vean:
«Hay tres etapas en el conocimiento científico: primero, la gente rechaza lo que es verdad; luego, niega que sea importante; y, finalmente, atribuye el mérito a quien no corresponde.
Alexander Von Humbolt,
citado en «Breve historia de casi todo»
(Bill Bryson, RBA ed., 2004), pag 403
En el ámbito de las humanidades pasa exactamente lo mismo, pero el poso, el remanente, es radicalmente distinto. Tras la ciencia quedan resultados, tras las humanidades quedan nombres que canibalizar. Apliquen el párrafo a la música y a Operación Triunfo.
Una cosa es la tecnología y otra es el tecnologismo. La blogosfera está fascinada por la tecnología. Reseñas y más reseñas de lo último, lo más. Productos comerciales que condensan el eslogan «el futuo ya está aquí».
La teconología conlleva un conocimiento científico que a los tecnofascinados se la trae al pairo. El último premio Nobel de física, que premiaba a dos estudiosos de la física del estado sólido que había multiplicado la capacidad de almacenamiento de los discos duros, ha tenido menos eco entre la gente que los últimos teléfonos móviles.
La pasión por la tecnología es más bien una pasión por lo que viene, que en realidad es -en la mayoría de los casos- una reformulación de lo que ya tenemos. Es un equivalente de algo que ya existe, pero que suena a moderno: es lo que los lingüistas llaman un neologismo. Eso es el tecnologismo. Una situación que está a la orden del día.
Mitos del espectáculo: El Teatro Chino de Manolita Chen en Jerez, 1964:
«De todas las ediciones que recuerdo, quizás sea la celebrada en el 64 la que produjo en los mentideros de la ciudad las tertulias más apasionadas y las disputas más acérrimas. Y fue el caso que el afamado Circo de Manolita Chen traía una atracción estrella anunciada con el nombre de «La Reolina del Ni : el enano más potente del siglo XX«. Nicomedes expósito, el Ni, poseía un apendículo sexual que rozaba la elefantiasis aunque, a diferencia de los que tienen este padecimiento, el miembro de este enano mantenía una firmeza y un desafío a la ley de la gravedad verdaderamente excepcionales. Tal era su consistencia que el Ni lo introducía en un orificio de la mesa del prestidigitador y, ayudándose con las manitas y los piececitos daba vueltas sobre el eje carnal como un poseso. Los espectadores aplaudían y gritaban, y más de cinco señoras llegaron a desmayarse, a consecuencia del calor de la salla y de la falta de aire, según explicaron al reponerse.
En la sesión de madrugada, el orificio de la mesa se cambiaba por el de la domadora de tigres, pero Su Eminencia el Señor Arzobispo de la diócesis de Sevilla, cuya jurisdicción llegaba hasta la margen derecha del río Guadalete, tomó cartas en el asunto y le hizo llegar a Manolita Chen que siguiera utilizando el tapete verde, si no quería tener que responder a las acusaciones de escándalo ´publico, perversiones, desviaciones de la naturaleza y tratos demoniacos.
A pesar del convencimiento aparente de Su Eminencia, lo tertulianos del café de La Moderna cruzaron apuestas sobre la utilización o no de prótesis por parte de nicomedes, debate que el enano zanjó el último día dándose un pequeño corte en el glande, del que brotó abundante sangre. Fue el delirio. El público aplaudía desaforadamente. Los jóvenes gritaban y daban vivas al Ni. A la domadora de tigres le dieron convulsiones epilépticas sobre el escenario, y Manolita Chen debió salir al estrado para jurar por su santa madre que su circo no faltaría jamás en la Feria de Jerez. Y daba sin parar gracias a su querido público, al que tanto debía, según ella.»
Extraido del último número de la siempre imprescindible revista Mondo Brutto, número 38, otoño 2007. Créanme: quieren leerla.
Según dice un viejo adagio, el artista es un diez por ciento de inspiración y un noventa por ciento de transpiración. Es el trabajo y no el chispazo puntual lo que te hace progresar en la disciplina.
Esa frase es religiosa. Dibuja al artista como el intermediario entre los pobres humanos y el mundo de la belleza. Lo retrata como un elemento puro en una pugna limpia en busca de una realidad inmutable. Todo eso es pura fé. Te lo crees, o no. Y como en cualquier fe, realmente hay que tener ganas -o ceguera- para creerla. Porque a poco que mires con detalle, esa idea límpida y refulgente del arte y el artista muestra el armazón que la sustenta.
Y sin embargo, esa imagen religiosa del artista persiste. Esa idea de que el arte, en sus diferentes fases, es todo uno, consecuente en y con cada cambio, es una idea común en el hombre de la calle. Es ciencia infusa. Nadie que no sea todopoderoso ha podido modificar el inalcanzable concepto del arte.
Sin embargo, también es saber común que algo pasa con el arte moderno. Algo extraño. Las dos ideas no encajan. La pureza en una mano y ese algo pasa en la otra. Se intuyen los síntomas pero nadie se pregunta la enfermedad. Sabemos que hay algo pero decidimos no mirar. Como si fueramos empujados como por uno de esos agentes que dicen “¡circule! ¡no hay nada que ver aquí!”. O más, como si nos hubieran convencido para empujarnos a nosotros mismos, diciendo “¡circule!”. Definitivamente, algo muy extraño.
La historia que nos trae esta semana el Doctor Repronto es crucial en el arte del siglo XX. El momento en que las vanguardias de principios de siglo fueron simultáneamente abandonadas, anuladas y convertidas en una mascarada para legitimar los hechos posteriores. Una jugada que marcó el punto de inflexión. Las investigaciones ponen al descubierto las herramientas que lo permitieron y que posibilitarán que vuelva a suceder.
«Lo que ha estado haciendo la izquierda desde las últimas décadas: seguir inexorablemente el camino de ceder, de acomodarse, de llegar a los «arreglos necesarios» con el enemigo declarado. Representa el socialismo, pero puede defender totalmente el Thatcherismo económico. Representa la ciencia, pero puede defender totalmente la regla de las opiniones múltiples. (…) Como sabemos, hoy día el capital está dividido en dos fracciones (capital industrial tradicional, y capital digital y de información «postmoderno»), y la única manera de que las fracciones [derecha e izquierda] encuentren un denominador común es bajo la bandera del «capitalismo anónimo de la socialdemocracia»: hoy día la única manera de ser capitalista en general es ser un socialdemócrata (de tercera vía). Así es como funciona actualmente la oposición entre izquierda y derecha: la nueva izquierda de tercera vía representa los intereses del capital como tal, en su totalidad, mientras que la derecha actual defiende los intereses de un estrato concreto del capital frente a otros sectores. Es por esto que, para obtener la mayoría, necesita aumentar su base electoral apelando directamente a partes escogidas de la clase trabajadora. Por lo tanto, no es una sorpresa que sea principalmente en los partidos de derecha modernos donce encontremos referencias explícitas a los intereses de la clase trabajadora (medidas proteccionistas contra la mano de obra extranjera más barata, etcétera).
Slavoj Zizek, la tetera prestada, Ed. Losada, pags 102-104
Actualización: El cuarto video más linkado de su categoría en Youtube, dos puestos por detrás del mediático acoso racista en el metro. Aquí la captura demostrativa (pulsen para ampliar):